17 de agosto de 2026   4:41 am
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Por Omar Casanova

UN ALTO EL FUEGO PARA COMPLETAR EL SAQUEO (II)

  • Opinión

Es admirable cómo China balconea la situación de los conflictos bélicos sin inmiscuirse directamente, apostando a mantener sus lazos económicos por encima de las diferencias ideológicas, sociales o políticas. Simplemente estimula una relación de ganar-ganar: las naciones dependientes o en desarrollo colocan a buen precio sus materias primas y el tigre asiático amplía los mercados para sus productos tecnológicos y manufacturados con valor agregado.
El gran ganador del siglo XXI es y seguirá siendo China: un espectador bélico de primera, casi un relator de lo que sucede y lo favorece, sin involucrarse directamente o apoyando a los países agredidos por el imperio estadounidense, pero sin mostrar sus garras. Simplemente acompaña los procesos de resistencia para lograr, en el futuro, una correspondencia comercial que lo favorezca.

La paciente tranquilidad de los asiáticos les ha permitido apoderarse de las deudas, los puertos, las materias primas y la producción básica de los países de América del Sur. Por lo tanto, su futuro tecnológico está asegurado. Ahora también transfieren infraestructura a terceros países, y esto les garantiza una dependencia durante mucho tiempo, como sucedió con Inglaterra o Francia en el siglo XX, o con Estados Unidos, sobre todo desde la mitad hasta el final de ese período.
Cada día que pasa, los esfuerzos estadounidenses por mantener su statu quo y su predominio militar se vuelven más onerosos, porque su población se sigue creyendo el ombligo del mundo. Les costó reconocer que los automóviles de seis cilindros eran un derroche o que distribuir sus tropas por todos los mares y territorios, cuando fuera necesario, implicaba enormes costos. Todo ese presupuesto los está arruinando, sin que puedan cambiar rápidamente de rumbo.

De todos modos, la potencia estadounidense seguirá generando o inventando conflictos para mantener su industria bélica y sus tropas distribuidas en bases o destructores marítimos, además de espías o mercenarios a su servicio. Toda esa maquinaria de dominio, utilizada incluso para pedir un alto el fuego luego de rociar con combustible la pradera, no le resultará gratuita. Irán ha sido el ejemplo y no creo que pueda soportar un revés más.

Creo que, por suerte, al presidente estadounidense le queda poco tiempo para seguir gestionando su Premio Nobel. El mundo no soporta más atropellos en nombre de cualquier causa inventada y, menos aún, la usurpación leonina de sus recursos, porque quien renuncia a sus bienes pone en riesgo la vida de su población.
Espero que sea la hora de que los países vivan de sus propios recursos y del trabajo de su gente. Las grandes potencias deberán olvidarse de saquear la poca riqueza de los países pobres, porque las poblaciones famélicas cruzarán el Atlántico, en lugar del Mediterráneo, para reclamar sus derechos.

No analicé la situación de Gaza porque, sobre la destrucción y el hambre, no puede haber saqueo. Es difícil seguir expoliando a una nación totalmente destruida y con sobrevivientes deambulando sobre las ruinas. Solamente es esperable que el genocidio complete su trabajo.
Que los terroristas de Hamás se escuden entre la población civil no le da derecho a Israel a bombardear sin reparar en mujeres o niños, que poco tienen que ver con el conflicto.
No se puede, en un mundo donde nos consideramos civilizados, tener como objetivo destruir totalmente al otro. Hasta podría justificarse la usurpación de territorios, pero nunca que el propósito sea destruir una civilización, como llegó a declarar el presidente estadounidense.
En África hay guerras tribales que también han buscado destruir totalmente al enemigo y no han podido hacerlo. Sin embargo, han vivido y vivirán en pie de guerra por los siglos de los siglos. Esto nos remonta a las conquistas españolas, francesas, inglesas o portuguesas, donde todo estaba permitido, incluso la desaparición de civilizaciones enteras.
«Paren el mundo, que me quiero bajar», dijo Mafalda. Creo que deberíamos seguir luchando para que el mundo sea mejor, porque es el único posible hoy, y no deberíamos dejar de intervenir o, cuando menos, elegir gobernantes menos díscolos y colonialistas, o representantes menos funcionales a las grandes potencias hegemónicas.

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Dra. Natalia Stazione
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