Ética
El conjunto de normas de valor que guían y están presentes en el comportamiento humano o grupal y logran conducirnos a la convivencia social y el bienestar general.
Despotismo
Es una forma de conducción y/o gobierno donde una persona o grupo de personas teniendo el poder absoluto lo ejerce sin limitaciones y en forma corrupta.
El sindicalismo comenzó a desarrollarse en los finales del siglo XIX principios del XX y fue uno de los logros más importantes del ámbito laboral. Surgió para defender al trabajador de los abusos que impuso el desarrollo de la revolución industrial.
Pero ese abuso que surgió por el desarrollo industrial y afectó al empleado en la jornada laboral, los ingresos, el descanso, fue un exceso que lo prevocó la ambición de “ poder” del industrial y/o empresario en pos de beneficios personales .
Paradójicamente podríamos decir que ese mismo fenómeno tan humano pero despreciable que es la ambición del “ poder sin límites éticos “ puede tener un punto en común con el sindicalismo al que dio origen.
Sin caer en la injusta generalización, pero esa ambición sin límites éticos provoca en el ser humano una conducta que llega a ser casi despótica. Es así que una buena parte del sindicalismo se ha convertido en una maquinaria deformada, más preocupada por preservar privilegios y poder que por defender a quienes dice representar.
La enfermedad por el poder empieza por arriba. Dirigentes que llevan décadas aferrados al cargo, como si el sindicato fuera su propiedad privada y no una herramienta colectiva que conduzca al bienestar e interés general. Su permanencia eterna no es un signo de liderazgo, sino de una estructura enferma por la ambición, diseñada para impedir el recambio. No es vocación de servir es ambición de poder que cae en el despotismo.
Luego viene el vicio de la ambición política partidaria disfrazada de lucha social. Dirigentes que se presentan como héroes del trabajador, pero utilizan esa posición para acumular poder personal, negociar favores, obtener cargos políticos , vivir de la influencia. La causa se transforma en escalera para llegar a un cargo político ; el sindicato, en plataforma de despegue y los trabajadores, en excusa, uso y abuso de su necesidad.
Y como toda maquinaria de ambición personal y de poder político, esto se sostiene con organizaciones turbias sin control, con estructuras internas que funcionan como cajas negras, fondos sin explicar, beneficios discrecionales, conducciones que premian la obediencia y castigan la disidencia. La representación se vuelve una caricatura de sí misma. Escudándose en ideologías y partidos que utilizan su fuerza sindical con fines políticos lejos de las necesidades laborales y hasta atentando y poniendo en riesgo las mismas. ¿Qué legitimidad tiene una organización sindical que pretende defender derechos mientras provoca injusticias puertas adentro con fines personales y políticos?
Con el objetivo de mantener el poder se crean estructuras que huyen del control externo, de las auditorías financieras que obligan a toda estructura legal con “ personería jurídica” . También huyen de la transparencia y democracia, del voto secreto para eternizar su poder en el voto a mano alzada que funciona a coacción.
Pero quizá el daño más visible —y el más costoso para la sociedad— es el uso irresponsable de la fuerza gremial poniéndola al servicio de un partido político. La herramienta de la protesta, esencial y legítima, se transforma en un instrumento de presión política desmedida que afecta a todo un país. Cuando la medida de fuerza se utiliza no para proteger al trabajador sino para imponer caprichos, para sostener liderazgo o para obtener ventajas políticas, se destruye la credibilidad del sindicalismo y se perjudica a quienes menos poder tienen.
Donde el fin justifica los medios y el trabajador, el cliente, el usuario queda en segundo lugar frente al objetivo de poder personal o político del momento.
Y sin embargo, aquí está la paradoja que muchos prefieren ignorar, el sindicalismo utiliza para mantener el poder individual y político de sus dirigentes las mismas herramientas del despotismo por el que nació, lucho y hoy está traicionado.
Porque cuando se lo ejerce con ética —con límites, con transparencia, con democracia interna— el sindicalismo es indispensable y beneficioso para toda la sociedad.
Un sindicalismo ético,negocia sin destruir,protesta sin abusar,lidera sin perpetuarse,administra sin esconder y defiende a los trabajadores sin convertirlos en rehenes de intereses ajenos particulares o de un partido político.
Un sindicalismo honesto no paraliza al país, lo fortalece.No chantajea, dialoga.No se encierra en estructuras personalistas, se abre a los intereses colectivos.No vive de la turbiedad de lo irregular, vive de la confianza que le otorga la “ personería jurídica”
La ética con valores y volcada al interés general es la única frontera que evita que una herramienta de justicia se convierta en un arma de poder individual y político. El sindicalismo tiene dos caminos por delante, continuar su actual degradación hasta convertirse en un aparato politizado, corporativo y personalista desconectado de la sociedad y el interés general o recuperar la dignidad que lo vio nacer a fines del SXIX y principios del XX. La diferencia entre uno y otro no la marcan los discursos ni las banderas políticas sino unas palabras, olvidadas pero urgentes, ética y valores que se enfoquen en el interés general.





