La vuelta a clases en el edificio de la Escuela N° 112 no fue un simple retorno a la rutina. Fue, más bien, el cierre de un capítulo inesperado que puso a prueba a toda una comunidad y que, contra todo pronóstico, terminó dejando enseñanzas profundas.
Lo que comenzó como una situación negativa —la necesidad de desalojar el centro educativo debido a una obra sanitaria imprevista— generó incertidumbre, incomodidades y también cuestionamientos. La falta de previsión estuvo sobre la mesa, y no fueron pocos los que, con razón, señalaron que se trataba de un escenario evitable. Sin embargo, la historia no se escribió desde la queja, sino desde la respuesta colectiva.
Un cartel, colocado en las últimas horas durante el regreso, resumía el espíritu de lo vivido: un agradecimiento de las autoridades a la comunidad educativa. Y no era para menos. Docentes, alumnos y familias “se pusieron la camiseta”. Algunos con entusiasmo, otros con reservas, pero todos entendiendo que lo importante era sostener el proceso educativo.
Los niños fueron redistribuidos en distintos centros. Las familias acompañaron. Hubiese sido más sencillo optar por la protesta, “prender fuego la pradera” y hacer del conflicto un foco mediático. Sin embargo, primó la responsabilidad: los alumnos asistieron a clase donde tocó, y la asistencia no se resintió.

Los 45 días previstos de obra se redujeron a 22. Hubo presión, sí, para acelerar los tiempos, y también compromiso para que la interrupción en el histórico edificio fuera la menor posible. Ese esfuerzo conjunto permitió que el miércoles se viviera como una verdadera fiesta: reencuentros, abrazos y una renovada valoración por la escuela.
Pero si hay un aspecto que merece un capítulo aparte, es el rol de la comunidad de Pando. Sus instituciones y fuerzas vivas estuvieron a la altura. El Municipio de Pando, el Colegio del Huerto, el Club Urupan y la Escuela 194, entre otros, abrieron sus puertas sin dudar, ofreciendo soluciones concretas ante la emergencia.
En tiempos donde muchas veces predominan las divisiones, esta experiencia dejó una certeza: cuando una comunidad decide actuar unida, incluso los problemas más imprevistos pueden transformarse en oportunidades. Pando, una vez más, se escribió con mayúscula, dando una lección de solidaridad, compromiso y sentido colectivo que trasciende cualquier aula.





