Respeto profundamente la dignidad de cada persona, más allá de sus ideas, creencias, auto-percepción, orientación sexual o forma de vivir. Creo que todos tenemos derecho a pensar y elegir nuestro camino, y valoro que eso se pueda ejercer en libertad. Pero también sostengo que respetar a alguien no significa tener que aceptar, compartir ni promover o considerar sus ideas o causas como justas que deban ser consideradas con beneficios solventados y cubiertos por toda la sociedad.
Desde hace alguno tiempo, noto una creciente presión social, mediática y especialmente en redes, donde colectivos organizados, amparados en causas identitarias, ideológicas o de memoria histórica, exigen no solo ser escuchados, sino también validados, apoyados y considerados en sus reclamos. Se organizan marchas, actos de memoria que en muchos casos terminan funcionando más como imposiciones y violencia verbal o escrita que como espacios de libertad de pensamiento. En dichas marchas se reparten panfletos cargados de odio, se exhiben pancartas y se montan escenas que demuestran actitudes violentas, hostiles y ofensivas hacia los que piensan y/o tienen creencias diferentes.
Puedo defender el derecho de cualquiera a expresarse, manifestarse y vivir como elija, sin que por eso tener que estar de acuerdo, ni ser obligado a participar o a callar mi discrepancia. No tengo por qué apoyar el feminismo, ni el matrimonio homosexual, ni cualquier otra interpretación o auto percepción individual o colectiva de los hechos históricos, solo porque alguien lo considere un deber social.
La libertad que reclaman debe ser también la que me ampare y la de no adherir, no repetir consignas, no comulgar con relatos que no son los míos.
Para finalizar la Opinión, sostengo que la verdadera convivencia exige respeto mutuo, y ese respeto también incluye el derecho y la libertad a no estar de acuerdo.





