Este sábado volvió a ser noticia nuestro departamento gracias al retiro de un mono de la especie Hamadryas por parte del Gobierno de Canelones, que estaba a cargo de una familia canaria quién lo entregó garantizando su anonimato. El hecho vuelve a poner sobre la mesa una situación que, lejos de ser aislada, parece repetirse con inquietante frecuencia en distintos puntos del departamento: la presencia de animales exóticos en cautiverio, muchas veces en ámbitos domésticos.
El ejemplar fue entregado de forma voluntaria por una familia, tras una denuncia que permitió activar el protocolo de intervención. Según explicó la responsable del Área de Bienestar Animal, Eugenia Perdomo, el animal fue previamente sometido a un análisis de tuberculina —con resultado negativo— y posteriormente trasladado a un refugio definido por el Ministerio de Ambiente, en este caso el de la organización Animales Sin Hogar.
Desde ese refugio, su responsable, Juan Echavarría, detalló que ya cuentan con otros tres ejemplares de la misma especie, aunque aclaró que no conviven entre sí debido a posibles comportamientos agresivos. Actualmente, el animal permanece en cuarentena antes de ser ubicado en un espacio más amplio, dentro de recintos especialmente acondicionados.
Por su parte, la prosecretaria general del Gobierno de Canelones, Sandra Saffores, advirtió sobre los riesgos de mantener este tipo de animales en entornos domésticos. “Son animales que aparentemente son muy dóciles, pero pueden ser agresivos y peligrosos”, señaló, al tiempo que recordó que quienes deseen entregar voluntariamente un animal pueden comunicarse con el Área de Bienestar Animal o realizar la denuncia correspondiente ante el Instituto Nacional de Bienestar Animal.
Sin embargo, más allá de este caso puntual, el episodio invita a una reflexión más profunda: ¿por qué aparecen cada vez más animales que no son propios de nuestra fauna en distintos rincones de Canelones?
En los últimos tiempos, vecinos han reportado situaciones tan llamativas como preocupantes. Desde la confirmación de la existencia de un puma —que ha sido visto incluso en barrios privados de la zona de Camino de los Horneros y que se sospecha podría pertenecer a un particular— hasta la aparición de monos en entornos rurales, como el caso de un ejemplar filmado mientras se alimentaba en un gallinero doméstico en la zona de Progreso.
Estos episodios no solo generan asombro, sino también inquietud. La presencia de animales exóticos fuera de su hábitat natural abre interrogantes sobre su origen, las condiciones en que son mantenidos y los riesgos que implican tanto para las personas como para los propios animales.
¿Se trata de casos aislados o de una práctica más extendida de lo que se cree? ¿Qué mecanismos fallan para que estos animales lleguen a manos privadas? ¿Y qué responsabilidad colectiva existe frente a este fenómeno?
La respuesta no es sencilla, pero lo cierto es que cada intervención, cada rescate y cada denuncia parecen ser apenas la punta de un problema mayor. Un problema que interpela no solo a las autoridades, sino también a una sociedad que, entre la fascinación por lo exótico y la falta de conciencia, podría estar contribuyendo —aunque sea de forma indirecta— a una realidad que requiere atención.
Mientras tanto, el destino de estos animales dependerá de la capacidad de respuesta institucional y del compromiso ciudadano para entender que la fauna silvestre no pertenece al encierro doméstico, sino a su entorno natural.
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