Quizás el título sea demasiado dramático, pero, lamentablemente, las potencias hegemónicas, desde que el mundo es mundo, en reiteradas ocasiones han seguido ese camino: primero, la guerra, ya sea participando o instigando; luego, el alto el fuego y, finalmente, se completa el saqueo de los recursos naturales o se cobra por la reconstrucción de lo que ayudaron a destruir.
Es una ecuación perfecta, porque se embolsan el dinero de quienes se arman mediante las ventas de su industria principal; luego detienen el conflicto y sus otras empresas hacen el negocio de la reconstrucción o, incluso, se apoderan de zonas conquistadas, por las dudas de que la situación pueda revertirse.
El caso más emblemático fue Irak y la recordada Guerra del Golfo, que terminó con Saddam Hussein escondido en un refugio precario, ajusticiado, y luego la principal empresa que se encargó de reconstruir el país fue la del vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney.
Un verdadero saqueo en nombre del capitalismo estadounidense, con la complicidad e, incluso, la participación de potencias europeas y algunas asiáticas, en una guerra inventada para encontrar armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, pero que fueron el motivo esgrimido para obtener la rendición de un régimen autoritario, sí, pero nacionalista en cuanto a sus recursos.
La acción contra el presidente Maduro tiene ribetes de alto tenor de complicidad interna, con acusaciones grandilocuentes asociadas al narcotráfico, pero en el centro estaba la necesidad de la potencia hegemónica de acceder a los recursos naturales de un país cercano que estaba orientando sus negocios hacia los intereses chinos.
Varios países de Sudamérica estaban acordando negocios de importantes infraestructuras con el país asiático, especialmente en materia de puertos, y asegurándose el suministro de materias primas, como lo hace con nuestro país. Esto no es gratis, porque, para negociar con China, debemos aceptar que sus productos manufacturados ingresen a nuestro mercado.
Lo más novedoso, diría que casi innovador, ha sido el acuerdo con las autoridades venezolanas una vez descabezada su figura más visible. Rápidamente abrieron sus puertas al imperialismo estadounidense y a sus empresas, muchas de las cuales habían sido expulsadas durante el período de Chávez, cuando ya estaban los mismos protagonistas que dirigen actualmente el país, pero sin Maduro y su señora; aunque está su hijo en el Parlamento o en los actos.
Realmente me resulta difícil entender lo sucedido y, más aún, lo que sucede. Solamente la existencia de un complot organizado por la CIA, con la anuencia de los hermanos Rodríguez junto a Diosdado Cabello, puede explicar tanto desaguisado político e ideológico o tanta compra de voluntades.
La lucha de la oposición, aunque tampoco resulta muy confiable, ha caído en saco roto, y la señora María Corina Machado tiene que mendigar el retorno a su país, cuando se suponía que era una aliada incondicional de Trump. Esto deja al descubierto que el pragmatismo de este solo tiene precio y poco o nada de ideología o rechazo hacia una dictadura encubierta.
Si hablamos de Rusia, también podemos observar cómo ha ido ganando terreno en África mediante un ejército mercenario, que utilizó al comienzo de la guerra desatada con Ucrania y que luego fue incorporando al ejército regular.
En naciones como Níger, donde la pobreza campea a sus anchas, pero que posee importantes reservas de uranio, Putin fomenta un cambio de régimen. Este dejó de ser funcional a Francia, su mayor comprador, para cubrir su dependencia de la generación de energía nuclear, y pasó a tener una relación funcional con Rusia.
La guerra con Ucrania es más estratégica que de intereses económicos, porque sus ofertas al mercado no se diferencian demasiado. Son, más bien, competidores en el suministro de gas, petróleo, fertilizantes o granos. En realidad, son demasiado parecidos, pero con aspiraciones hegemónicas y coloniales en el caso de Rusia.
La existencia de pobladores rusos en territorio ucraniano, que fueron acosados e incluso reprimidos al cambiar el gobierno prorruso y pretender ingresar a la OTAN, generó una reacción rusa desenfrenada para quedarse con la región del Donbás, objetivo que seguramente logre.
En general, Europa se concentró demasiado en influir sobre las naciones que salieron del bloque comunista de la URSS y dejó de lado al continente africano, cuando siempre había sido su proveedor de materias primas.
Los puertos africanos en manos de los chinos y el continente con una gran influencia rusa explican, en parte, el apuro o la facilidad actual del bloque europeo para aceptar un tratado con el Mercosur, asegurándose un territorio de 200 millones de habitantes donde colocar sus productos y seguir protegiendo sus producciones subsidiadas para que no desaparezcan.





